
Tuve la suerte de conocer al Búlgaro y seguir de cerca el desarrollo de su trabajo desde los años noventa. En cada una de sus exposiciones me emocionó su mirada, lo visceral de su obra, la fuerza que imprimía a su materialidad.
También me enseñó sobre el inmenso poder de lo propio: “al sapo su charco le resulta grandioso”, como decía Liliana Maresca sobre una de las obras del Búlgaro.
La iniciativa de la Colección Amalita, al facilitar espacios de investigación y puesta en valor de obras, artistas y escenas, tiene el poder de enriquecer y hacer más compleja nuestra mirada a la historia del arte local, multiplicada en historias alternas que revelan distintas prácticas estéticas y sociales. Este trabajo es posible porque, afortunadamente, muchas expresiones
subsistieron gracias a la contención y los vínculos entre artistas, las alianzas compartidas, la solidaridad, el fortalecimiento y el sostén en tiempos de anulación. La obra de El Búlgaro ha sido amorosamente resguardada por Patricia Koremblit y por Iván Freisztav.
Tengo una gran felicidad por haber sido convocada como curadora para este proyecto.
Guadalupe Fernández

